La niña de azul
De pie, un poco apartada, como si supiera que el mundo era demasiado ruidoso para su silencio. Su vestido azul le caía como un cielo propio, bordado de calma y de preguntas. No alzaba mucho la voz, pero en sus ojos pardos cabía entero el parque: los juegos, las risas de los primos, el calor de las tardes que parecían infinitas. Frágil, tímida, casi invisible… y, sin embargo, era la que más veía, la que más sentía.
Elmar
De ella guardé la voz en un cofre de porcelana. Olía a galletas, a naipes, a secretos. Esta novela —o este intento de no perderla— no es un capricho. Es la forma de seguir buscándola aun después de cambiar el rumbo; de reencontrar la misma mesa aunque todos los paisajes fueran nuevos. Escribir, al final, fue elegirla otra vez después del viaje. Pienso en Elmar, mujer de fuego, ante quien incluso el trueno hacía silencio. Hay amores —o milagros— que no doblegan: solo ordenan el alma. Para Elmar, la fe era ese lugar donde dejar la espada sin perder el nombre. Hoy la imagino así: fuerte, indomable y, aun así, capaz de rendirse allí donde no hacía falta defenderse. Tal vez ese era su secreto: saber dónde entregarse.
El fin del trueno
Yo busco que alguien al leer, reconozca su casa. Aquí están nuestras horas: así fuimos, así reímos, así también nos rompimos. Si tengo una ambición, es esta: llegar lejos sin traicionarme. Que los nombres que amo no se borren; que en el papel sigan respirando.
Hay voces que no desaparecen.
Se quedan en nuestras manos, en la forma de mirar el mar, en la manera en que guardamos silencio.
¿A quién escuchas tú todavía?